Reflexión ante el Día de Europa del Consejo Asturiano del Movimiento Europeo

Van a cumplirse dos tercios de siglo desde que el 9 de mayo de 1951 Robert Schumann, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia realizó el histórico llamamiento que puso en marcha el proceso de unificación europea, iniciado con la creación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, CECA, entonces integrada por sólo seis países, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.

Desde entonces, ese núcleo inicial de la unificación de Europa ha sufrido profundas transformaciones y desarrollos. La propia CECA, al cabo de cincuenta años dejó de existir, conforme a las previsiones de su tratado constitutivo, pero junto a ella surgieron en 1957 otras dos Comunidades, la Económica y la de Energía Atómica, que más tarde dieron lugar a la actual Unión Europea. Los seis Estados iniciales han llegado a ser veintiocho.

La división de Europa en los dos bloques existentes en 1951 ha desaparecido y, por primera vez en la Historia del continente una organización política abarca a prácticamente todos sus Estados y pueblos, que disponen de la capacidad efectiva de libre movimiento de personas y bienes. Una red de infraestructuras comunes hace posible que esa libertad de movimientos pueda ejercerse. La juventud de nuestros países puede realizar sus estudios en cualquiera de las universidades de los demás beneficiándose del programa ERASMUS.

Por primera vez, Europa ha dejado de ser un continente con penuria de alimentos, que obligaba a sus ciudadanos a la emigración, para convertirse en exportadora de productos agrícolas, garantizando al mismo tiempo condiciones de vida adecuadas a los hombres del campo y convirtiéndose en un espacio al que tantas personas de otros continentes desean acudir, aunque la tarea europea deba ser la de contribuir a evitar las causas de esa emigración masiva, ayudando a la mejora de las condiciones de vida para hacerlas análogas a las europeas.

La construcción de la Europa unida no se ha hecho simplemente mediante mecanismos de libre cambio, sino garantizando con fondos especializados la adecuada integración social y territorial. Una moneda única ha sido un factor culminante

No todo, sin embargo, han sido logros en este dilatado proceso. Dos momentos podrían considerarse claves desde una perspectiva negativa. En 1954 se frustró la realización de la comunidad Europea de Defensa para el establecimiento de un ejército común, que hubiera sido el paso previo a la verdadera unificación política de los seis Estados iniciales. Más tarde la no ratificación del tratado que establecía una constitución para Europa y que, con todas sus insuficiencias, representaba un importante paso hacia adelante.

En la actualidad, Europa, como una gran parte del mundo, se halla inmersa en una profunda crisis. La segunda gran depresión en menos de un siglo, el fenómeno del terrorismo, la llegada masiva y desorganizada de personas que, por razones política o económicas, huyen de sus espacios de origen, son los principales elementos de esa crisis que, por primera vez desde el inicio del proceso de unificación continental, no han encontrado adecuada respuesta en las instituciones creadas para encauzarlo.

Sin duda, la existencia de esas instituciones y de las reglas establecidas a lo largo del tiempo han permitido paliar alguno de los efectos de ese fenómeno, pero las medidas positivas han resultado totalmente insuficientes para hacer frente al conjunto de las situaciones planteadas. Podría considerarse, por consiguiente que ha habido un fallo generalizado, en el momento actual de las soluciones ideadas por los fundadores de la Unión para afrontar con éxito reconocido los problemas de la segunda postguerra mundial en Europa.

Por el contrario, los métodos de actuación a través de instituciones comunes a los Estados y pueblos de Europa seguramente han sido empleados de forma insuficiente, sustituyéndolos por la actuación tradicional de los mismos Estados miembros, aunque aparentemente en el marco de la Unión.

Es preciso que la Unión asuma un papel de liderazgo en el mundo, basado en los principios y valores que nos unen. Hace falta más Europa, actuando como un conjunto dotado de instituciones y poderes incrementados para hacer frente a los retos del presente. Hace falta una Comisión europea con autoridad y capacidad suficiente vinculada a una elección popular que la legitime y que haga uso de los poderes ya existentes y de otros adicionales que se le atribuyan. Hace falta un presupuesto reforzado de la Unión que haga posible que ésta se constituya como una verdadera federación europea.

Los ciudadanos deberemos ser cada día más conscientes de formar plenamente parte de las entidades territoriales a diversos niveles, municipal, regional, nacional y europeo, cada uno de los cuales ha de estar dotado de las instituciones y medios precisos para hacer frente, de la forma más adecuada a cada nivel, a las necesidades de esos mismos ciudadanos. La unión federal de Europa será la consecuencia lógica de esa conciencia, como ya en su día, entre nosotros, lo presintió Jovellanos.

El establecimiento de la concordia nacional que culminó en la vigente Constitución y que hizo posible nuestra plena participación en el proceso unificador continental hace ahora treinta años, con la entrada de España en la Unión, ha sido el objetivo y la tarea de varias generaciones de españoles que pretendían y lograron superar las consecuencias de nuestra mayor tragedia histórica.

El Movimiento Europeo, surgido tras el congreso de La Haya, de 1948, que integró a tantas personalidades extraordinarias, ha venido sosteniendo e impulsando todas las iniciativas para establecer una Europa federal.

El Consejo asturiano de ese Movimiento Europeo, recuerda hoy que la principal idea política del siglo XX, la de la unión de los pueblos de Europa, sigue siendo hoy válida y necesaria.